La actividad física en la vejez

No hay acuerdo entre los autores (algo bastante común, por cierto) acerca de la edad tope del rendimiento deportivo. Sin embargo, pueden tomarse a los 40 años como el punto de inflexión para el comienzo de la pérdida del estado física. Si, ya sé que todavía no podemos hablar de “vejez”, pero es ahí donde empieza el deterioro que no podemos evitar, aunque sí retrasar.

Años más, años menos, tanto hombres como mujeres se ven atados a esta inexorable ley de vida que se manifiesta en el desgaste anatómico y funcional.  Consecuencias tales como la disminución de la capacidad respiratoria y cardíaca o la calcificación ósea son inevitables.

    Por todo esto, la actividad física es fundamental. El trabajo de tipo aeróbico debe ser la base del entrenamiento, el cual debe realizarse siempre a una frecuencia cardíaca baja y/o media. Caminatas al aire libre y trote suave hasta 20′ o 30′ son elementos imprescindibles.

    El control médico es fundamental, aún en personas que han realizado una intensas actividad física a lo largo de su vida. Esto es así debido a que si bien es cierto que existen muchos factores que favorecen el entrenamiento en sujetos activos, no hay garantías para dejar de padecer los “achaques” propios de la edad.

    Las caminatas diarias pueden ir acompañadas, progresivamente, por un trote suave, bicicleta, natación, tenis o, incluso, gimnasio. El gimnasio, por supuesto, siempre debe ser llevado a la práctica con bajas intensidades, con pesos que permitan un número generoso de repeticiones, asegurando la participación activa del sistema aeróbico.

    Es importante tener presente que en esta etapa el objetivo no es el alto rendimiento, sino mantener los niveles de fuerza y resistencia que permitan la cómoda realización de las actividades cotidianas.